martes, 18 de marzo de 2014

EMPEZÓ EN OLIMPIA

Fue la llanura situada a los pies del monte Kronión el escenario que vio nacer los Juegos Olímpicos, fundados en el año 884 a. C. por Ifitos, rey de Elide.
Estos juegos, llevados a cabo cada cuatro años en la ciudad de Olimpia, no fueron los únicos realizados en la Antigüedad, sino que, junto a los Píticos de Delfos, los Ístmicos de la ciudad de Corinto y los Nemeos de La Argólida, conformaron un circuito que, más allá de su carácter deportivo, cultural y de espectáculo popular, servía como tributo y honra a los dioses, dado que los concursos eran intercalados con sacrificios y ritos en honor, sobre todo, a Zeus.
Fueron celebrados durante más de 1200 años, hasta que en el año 394 d. C. el emperador romano Teodosio los prohibió por considerarlos paganos en un imperio ya cristiano.
Son muchas las curiosidades que se pueden comentar a cerca de los Juegos Olímpicos en el mundo antiguo y que hoy en día nos llamarían la atención.
La primera -y quizás la más llamativa- es el hecho de que para un griego no eran lo mismo los Juegos Olímpicos que las Olimpiadas. Los Juegos Olímpicos son propiamente las competiciones deportivas y actos religiosos celebrados durante seis días en la ciudad de Olimpia. La Olimpiada, en cambio, es ese espacio de cuatro años de preparación y entrenamiento transcurrido desde la finalización de unos Juegos Olímpicos y el inicio de los siguientes y que, a partir del año 776 a. C., les sirvió a los griegos para computar los años.
Otro hecho interesante es que los Juegos Olímpicos suponían un momento de tregua (ἐκεχειρία) en caso de guerra entre los distintos estados griegos. Ésta quedaba aplazada sin más con la finalidad de consagrar a los dioses estos momentos de exaltación de la belleza y de la fuerza humanas.
A los doce años, los niños comenzaban su preparación deportiva, ejercitando en palestras los músculos; a los dieciséis, en los gimnasios, realizaban la preparación física; a los veinte, concluida la formación deportiva, se les hacía entrega de las armas y eran los Hellanódicas, los jueces de los Juegos Olímpicos, los que determinaban quiénes estaban capacitados para tomar parte en los Juegos, supervisando, así, sus entrenamientos, examinando las instalaciones, etc.
Los atletas griegos competían siempre (excepto en determinadas pruebas a caballo) desnudos y ungiendo sus cuerpos con aceite y otros productos. Las mujeres casadas no podían ser espectadoras. Las solteras, en cambio, sí.
El programa de las fiestas varió de un siglo a otro y en los siglos V y IV los Juegos se componían de cuatro tipos de competiciones: atléticas, luctatorias, hípicas y el pentatlón.
En las atléticas, los participantes demostraban su fuerza física de modo individual y se componían de varias pruebas: las carreras, en las que participaban o bien desnudos, o bien armados con la indumentaria de guerra; el salto de longitud, del que había modalidades en las que los atletas se ataban en las pantorrillas pesos de piedra o de plomo; el lanzamiento de disco, hecho de bronce y con diferente peso y diámetro según la categoría; el lanzamiento de jabalina, un arma de guerra a la que se le eliminaba la punta.
En las luctatorias, había que demostrar la fuerza y la táctica con respecto a un adversario. Se componía de lucha, cuyo objetivo era derribar al adversario; el pugilato, algo parecido a nuestro boxeo actual, pero, en un primer momento, sin guantes; y el pancracio, una combinación entre lucha y pugilato.
            En las competiciones hípicas había que demostrar no sólo maestría al montar a caballo, sino también, el ejercicio de doma previo a las competiciones. En el hipódromo de Olimpia, un circuito de más de un kilómetro y medio, se llevaban a cabo las carreras con carros -cuadrigas o bigas- y las carreras de caballos -a través de vallas, fosos, declives del terreno, etc.-.
El Pentatlón, la competencia por excelencia, constaba de una carrera de velocidad, salto de longitud, lanzamientos de disco, lanzamiento de jabalina y lucha.
Al regreso a sus respectivas ciudades, los vencedores recibían como recompensa una corona de olivo, la manutención gratuita de por vida en el Pritaneo a expensas de la ciudad, la proedría o el derecho a ocupar de manera gratuita asiento de honor en los espectáculos públicos, y también la atelía o exención de impuestos y, en algunos casos, elevadas recompensas económicas. Además, los atletas eran recibidos triunfalmente como héroes y se les erigían estatuas y poetas como Píndaro los cantaban en sus versos

 También, al igual que hoy en día, las competiciones deportivas levantaron pasiones entre los hinchas de uno u otro bando y nos han llegado documentadas peleas entre seguidores de equipos rivales (algo así se cuenta el canto XXIII de la Ilíada durante la celebración de los juegos fúnebres realizados con motivo de la muerte de Patroclo).
Incluso se nos documentan casos de soborno en los que algunos atletas pagaban a sus rivales para que se dejaran vencer, acción que venía multada por un tribunal.

            ¿Y las mujeres? ¿Discriminadas? No. Tenían sus propios juegos, menos conocidos, pero los tenían. Eran los Juegos de Hera, en los que se realizaban pruebas de carrera premiadas con una corona de olivo y parte de la vaca sacrificada a la diosa. Competían vestidas con una túnica corta y el pelo suelto.



En conclusión, los Juegos Olímpicos antiguos constituyeron una expresión religiosa de respeto y culto a los dioses, a la par que contribuyeron al desarrollo del cuerpo y del alma de los griegos y permitió la reconciliación entre los distintos pueblos y ciudades, buscando la unidad de los griegos.



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